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Sumatra: diario de 11 días de viaje

16 julio, 2026 By Ubay Serra Sánchez Deja un comentario

Sumatra

Sumatra diario de viaje portada

Sumatra fue la puerta de entrada que utilicé para mi visita a Indonesia, un viaje que se alargó durante 51 días y que, a la postre, fue uno de los más impactantes de toda mi vida.

Previamente a nuestra llegada a Sumatra, pasé 4 días en Singapur, un enclave muy bien conectado y moderno donde muchas compañías aéreas operan vuelos baratos y, por tanto, puede ser el lugar ideal para calentar motores y disfrutar de un recodo de primer mundo antes de adentrarse en la salvaje indonesia.

Así pues, sin más dilaciones, paso a compartir el diario de viaje de los 11 días que pasé en Sumatra, y que luego continuaría por Java, Lombok, Bali y Sumbawa, Komodo y Flores, entre otros increíbles lugares.

Espero que te guste, te entretenga y que, por supuesto, te haga viajar con la mente…

¡Disfrútalo!

Un pequeño mapa de mi viaje por Sumatra

Para empezar y permitir que te ubiques, te dejo un pequeño mapa de Sumatra que muestra el recorrido que realicé por estas hermosas tierras.

Sumatra Mapa

https://www.welt-atlas.de/map_of_sumatra_6-638

Pequeña introducción sobre Sumatra e Indonesia en general

Ir a Indonesia significa estar dispuesto a relacionarse de forma continua con la población local que, en muchos casos, no habla ni una palabra de inglés pero que no dudará en intentar fotografiarse contigo o acosarte para intentar venderte algo.

El país, pese a no ser tan sucio y caótico como la India, puede resultar agotador por momentos; existen grandes zonas urbanas y otras poblaciones en las que hay demasiada gente, ruido, polución y ajetreo. Casi siempre, estas condiciones son sinónimo de pobreza, miseria y desequilibrios sociales que pueden llegar a herir la sensibilidad de los viajeros más susceptibles.

Para terminar, cabe comentar que muchas zonas naturales están sucias, contaminadas o van camino de la degradación o la desaparición, lo cual producirá un nudo en el estómago de los amantes de la ecología y el medio ambiente.

Día 1. De Singapour a Medan y hasta la Selva de Bukit Lawan, en Sumatra

El avión que nos llevaba a Medan, al noreste de Sumatra apenas tardó una hora en hacer su recorrido desde Singapur. Al llegar salimos de la terminal y, tras evitar a todos los taxistas y guías que aparecían para ofrecernos sus servicios de manera insistente, fuimos directos hacia los autobuses aparcados al final de la terminal.

Parece que apenas hablan inglés en estas tierras pero, a pesar de todo, supieron indicarnos qué autobús nos llevaría a Bukit Lawang haciendo escala en Binjai. La salida del vehículo se demoró más de media hora, con lo que incluso tuve tiempo de ir a sacar algo de dinero local a un cajero del aeropuerto.

El paisaje era algo deprimente, pues a la salida del aeropuerto solo había pequeñas casas y tiendas destartaladas que se sostenían desafiando las leyes de la física. En las ciudades por las que pasamos el tráfico era tremendamente denso y daba la impresión de suciedad por la cantidad de polvo y tierra que había en las mal pavimentadas carreteras. Había también mucha gente en la calle, todos con alguna ocupación que hacer, ya fuese limpiar la calle, arreglar el asfalto, transportar cajas o arreglar motocicletas.

El aspecto de la gente era humilde y desaliñado, con ropas sencillas o simplemente con muy poca. De nuevo, tuve esa sensación de que la vida en este tipo de países vale muy poco y que las personas no son más que hormiguitas que nadie echa de menos cuando una de ellas muere o desaparece.

Antes de llegar a Binjai, el conductor nos cambió de autobús sin dar muchas explicaciones, metiéndonos en un autocar todavía más pequeño, viejo y destartalado.

A medida que íbamos alejándonos de las zonas urbanas había cada vez menos edificios y menos asfalto hasta que la carretera se transformó en una pista de tierra que cruzaba inmensos campos de palmeras.

Extrañamente, las palmeras seguían un perfecto orden y una separación equidistante además de tener, cada una de ellas, un cartelito azul en su tronco. En el ambiente había una ligera neblina omnipresente de extraño olor que no acabábamos de identificar. Finalmente descubrimos que aquellos campos de palmeras, que tenían kilómetros y kilómetros de extensión, eran parte de los cultivos de aceite de palma que habían acabado con muchas hectáreas de selva primaria.

Había leído sobre el tema pero hasta que uno se topa de frente con la realidad en primera persona no se da cuenta de la magnitud de las cosas ni de lo reales que son, pues la distancia difumina la verdad de lo que nos dicen los medios. En ese momento uno se da cuenta de la relación que hay entre ciertos productos que diariamente consumimos y las consecuencias ecológicas directas que su producción acarrea, en este caso la deforestación. Con esa mezcla de sensaciones, divisamos por fin las montañas cubiertas de densa selva tropical. Habíamos llegado a Bukit Lawang, a las puertas del Parque Nacional de Gunung Leuser.

Tras cinco horas de viaje y la cabeza como un bombo, a causa de la música electro asiática que había sonado sin parar durante las últimas tres, llegamos al pueblo de Bukit Lewan, custodiado por la estatua de un orangután.

La estación era lo más pobre que había visto en tiempo, formada por unos bancos en el centro de un descampado donde se congregaban los locales para jugar a cartas y en cuyos alrededores había varias tiendas que parecían edificios en ruinas. La gente nos miraba extrañada y los niños nos señalaban al pasar.

El último paso consistió en tomar un pequeño tuk-tuk hacia el pueblo de Bukit Lawan en sí, situado ya en plena jungla y formado por una única calle en el borde del río y donde no había más que hostales, agencias locales de turismo y tiendas de alimentos y souvenirs.

Si algo recuerdo con cariño es nuestro hostal, con preciosas vistas a la selva y al río, y con los alrededores llenos de monos que no tenían inconveniente en pasear por encima del tejado o en entrar en el baño como si estuvieran en su casa, así que tuve que ducharme ante la curiosa mirada de un par de simios que, más que incomodarme, me hacían gracia.

Mono en Bukit Lawan

Los monos “espía” estaban en los alrededores de nuestro hostal

Día 2. Trekking en la jungla de Sumatra I: Caminando entre simios, orangutanes y dragones

A la mañana siguiente nos despertamos temprano y pudimos constatar la increíble biodiversidad que nos rodeaba desde el primer momento.

Antes de salir, nos tomamos un zumo fresco y una torta casera en compañía de Heather y Charlotte, dos chicas escocesas geólogas de profesión que estaban en Sumatra para estudiar los volcanes, su especialidad profesional.

Estábamos listos para ir en busca de los grandes simios asiáticos en el interior de la jungla. No en vano, ayer habíamos tenido tiempo de contratar un trekking de dos días y una noche por el interior del Parque Nacional de Gunung Leuser,

No hizo falta adentrarse en el parque para ver los primeros primates: varios macacos de cola larga merodeaban por los alrededores con total descaro, buscando cualquier descuido para conseguir comida. También divisamos a lo lejos los primeros langures de cresta o «monos Thomas», una especie endémica de Sumatra con un curioso tupé y un pelaje grisáceo muy característico.

Mono thomas en Bukit Lawan

Los típicos monos Thomas de Sumatra

La humedad de la selva enseguida empezó a hacernos sudar de lo lindo y el terreno, abrupto, resbaladizo y lleno de barro, aumentaba notablemente la sensación de ahogo y fatiga. Por suerte, a los pocos minutos, el esfuerzo se vio recompensado con el avistamiento de una familia de monos de cola blanca y con un peinado al estilo punky que nos tuvo entretenidos un buen rato.

Noa, mi compañera, estaba al borde de un ataque de nervios a causa de las decenas de picaduras que los mosquitos habían infligido en sus piernas. Yo estaba tranquilo hasta que un OVNI me atacó por la retaguardia y me mordió la parte posterior de la cabeza. La picadura fue dolorosa pero no hubo más consecuencias. A media mañana habíamos visto a lo lejos otro grupo de monos de pequeño tamaño, pero aún no habíamos conseguido avistar nuestro objetivo principal, los orangutanes.

Después de una pequeña pausa para comer en la que nuestro guía se sacó de la manga un arroz con vegetales y huevo frito servido sobre largas hojas verdes que nos hizo alucinar, seguimos nuestra ruta. Finalmente, a lo lejos, pudimos divisar nuestros primeros orangutanes que, en un grupo de 10 o 12 individuos, se estaban alimentando de unas bayas azules. Fue maravilloso observar a aquella familia hacer su vida: algunos se alimentaban, otros jugaban, se abrazaban o simplemente tomaban una siesta bajo la atenta supervisión del macho alfa.

Orangután de Sumatra

Siendo atentamente vigilados por un orangután alfa de Sumatra

Poco a poco, el grupo se fue acercando a nosotros desplazándose lentamente de rama a rama y de liana en liana con una agilidad asombrosa y una pericia más que notable. Sus cuatro manos les ayudan a tener siempre varios puntos de apoyo y a tomar posturas inverosímiles, asistidos también por una flexibilidad fascinante. Sorprendentemente, el grupo de orangutanes terminó pasando justo por encima de nuestras cabezas, a escasos metros de nosotros. Por desgracia, poco a poco, los guías de los diferentes grupos se fueron avisando entre sí hasta que pasamos de estar solos a tener un circo alrededor de aquel fantástico espectáculo natural.

Más adelante tuvimos la suerte de encontrarnos con otro grupo de orangutanes que estuvimos también observando alrededor de una hora. De nuevo, varios grupos se fueron uniendo a nosotros y tuvimos que seguir avanzando hasta el campamento base, en plena jungla, justo en el borde del río, después de unas siete horas de ruta.

Familia de orangutanes de Sumatra

El día había sido duro y las limpias aguas que corrían por el río invitaban a darse un baño y relajarse. Sin embargo, el espectáculo de la naturaleza aún no había terminado.

Otro grupo de monos, la cuarta especie que veíamos ese día –de las siete que hay en estos bosques– estaba jugueteando en la orilla del río y saltando de rama en rama mientras me bañaba.

De repente, nuestras compañeras inglesas empezaron a gritarme para advertirme de algo que no logré comprender. Al girar mi cabeza, a pocos centímetros de mi posición, había lo que me pareció un cocodrilo, pero que en realidad era un enorme lagarto de un metro y medio o dos metros de longitud, con afiladas garras y una enorme lengua bífida que sacaba de forma regular. Su enorme cola le ayudaba a nadar por el río e incluso se permitía el lujo de avanzar contracorriente. Aquel lagarto me recordó mucho a los conocidos dragones de Komodo, aunque los guías me dijeron luego que aquellos en concreto no eran peligrosos y se nutrían solo a base de peces y carroña.

Lagarto en la selva de Bukit Lawan

Los enormes lagartos de las selvas de Sumatra

El resto de la tarde fue muy tranquila. Tomamos té y galletas estirados en unas esterillas y tuvimos una deliciosa cena con velas a base de arroz, tofu, tempe, pollo y otras especialidades locales mientras conversábamos con los guías y nuestras compañeras escocesas.

Por cierto, Orang Utan significa «hombre de la selva» y representa al más grande de los mamíferos arbóreos. En el sureste de Asia solo quedan en Bukit Lawang y en Borneo, donde la deforestación acecha seriamente su población.

Día 3. Trekking en la jungla de Sumatra II: vuelta a Bukit Lawan en ruedas de camión

Nos despertamos alrededor de las nueve de la mañana tras casi doce horas de sueño, a pesar de que una impresionante tempestad con rayos y truenos incluidos y el duro suelo dificultaron el descanso de mis compañeros.

Tras una ligera comida y un breve baño en una cascada cercana, preparamos nuestro transporte para volver a casa, que esta vez no se realizaría a pie atravesando la jungla sino por el río. Los guías tomaron cuatro grandes cámaras de aire de ruedas de camión y las ataron entre sí. Acto seguido, metieron todo nuestro equipaje en bolsas de plástico y con unas cuerdas crearon unos pequeños asientos donde pudimos sentarnos cómodamente. En el donut delantero un guía equipado con un gran palo impulsaba la embarcación y evitaba el choque con las rocas, mientras que en los dos del centro estábamos Noa, las escocesas y yo.

El descenso fue tranquilo, tan solo algo sobresaltado en los momentos en los que el río formaba rápidos, llegando en apenas treinta minutos justo enfrente de nuestro hostal.

Transporte por el río de Bukit Lawan

Nuestro transporte de regreso de la selva hasta nuestro hostal en Bukit Lawang

La tarde la pasamos en una terraza al borde del río conectados a Internet. Sí, incluso en la selva llega ya el Wi-fi; a un velocidad que deja mucho que desear, pero llega. Dimos también un pequeño paseo por el pueblo, donde me sentí como una estrella de rock, pues varios niños me pararon para pedirme ser fotografiados con ellos. O soy muy guapo y famoso o los blancos aún somos algo raro y exótico en estas tierras.

La noche estuvo acompañada, como cada noche desde nuestra llegada, de una abundante lluvia tropical, una regularidad que sin duda manifiesta la salud de aquella parte de la selva de Sumatra.

Día 4. De Bukit Lawan a Berastagui

Salimos de Bukit Lawang alrededor de las ocho de la mañana en un minúsculo bus turístico de siete plazas que nos llevó a Berastagi, un pequeño pueblo volcánico situado a unos 1.200 metros de altitud y a unas seis horas de trayecto.

En el minibus coincidimos con un chico holandés y una pareja de españoles, María y Pedro. Para llegar pasamos de nuevo por la caótica ciudad de Medan, sucia y constantemente congestionada. Para gestionar su intenso tráfico hay personas que se equipan con un silbato en medio de la carretera para ir dando indicaciones a los conductores que, cuando lo creen oportuno, les dan una propina. Es el equivalente a los clásicos aparca-coches españoles.

Durante ese trayecto me di cuenta de que la conducción en el país es realmente otra dimensión. Los coches adelantan en curvas sin visibilidad y en línea continua; los cláxones suenan sin parar y los arcenes actúan de vía suplementaria. Es una sucesión continua de imprudencias y riesgos innecesarios que hay que tomarse con filosofía.

María y Pedro, una pareja de viajeros experimentados con algunos años más que nosotros a sus espaldas, resultaron ser excelentes conversadores, por lo que el viaje se hizo ameno mientras en el horizonte divisábamos ya el volcán de Gunung Sinabung echando humo por su cráter. No hacía mucho, este mismo volcán entró violentamente en erupción dejando 16 muertos, motivo por el cual el acceso al cráter seguía cerrado.

Volcán Gunung Sinabung de Sumatra

A lo lejos, el imponente volcán Gunung Sinabung, en Sumatra

Tan solo hicimos una pequeña parada para comer algo y otra para observar a pie de carretera uno de los puestos callejeros que vendía murciélagos vivos para el consumo humano de su carne. Recuerdo que las cajas donde se hospedaban tenían una red metálica en la parte superior para que pudieran anclar sus garras y cómo cubrían su cara con sus alas cuando nos acercábamos para echarles una fotografía.

Alrededor de las tres de la tarde nos hospedamos en un hotel a las afueras de la ciudad, compuesto por unas preciosas casitas adosadas situadas en medio de unos grandes y cuidados jardines.

Día 5. Ascenso al volcán de Gunung Sibayak y descanso en las termas de agua caliente

Salimos del hostal alrededor de las ocho de la mañana en dirección a la cima del Gunung Sibayak, de casi 2.100 metros de altura, a pesar de que el día nublado y lluvioso no invitaba demasiado a ello. Además, los dos volcanes del lugar son montañas peligrosas donde han muerto o desaparecido varias personas a lo largo de los años, cuya lista aparece detallada de forma un tanto tétrica en los albergues de la ciudad indicando su desenlace.

La ruta requirió subir por un camino de tierra resbaladizo y lleno de barro con abundante vegetación a cada lado.

Las vistas fueron muy limitadas a causa de la niebla, pero no así el ruido constante que podíamos oír fruto de las fumarolas de los escapes de azufre que salían de las rocas. De hecho, el pueblo entero de Berastagi está siempre cubierto de una ligera bruma y un suave olor a huevos podridos proveniente del azufre volcánico.

En menos de dos horas estábamos en el borde del cráter, donde pudimos observar los escapes de azufre en los que, tras echarles algo de agua, se producía una instantánea evaporación que generaba un intenso chorro de vapor a presión.

Gunung Sibayak, Sumatra

Antes de bajar, rescatamos a una chica alemana que se había perdido y que, de no ser por nuestra presencia, quizás hoy en día formaría parte de la famosa lista de víctimas del volcán.

Durante el descenso nos separamos de la chica alemana y de María y Pedro y llegamos a un pequeño pueblecito donde había unos balnearios con grandes piscinas de aguas termales a diferentes temperaturas, que oscilaban desde el tibio al calor ardiente.

Al salir, completamente relajados, tomamos de vuelta a Berastagi una furgoneta que no era más que un amasijo de hierros oxidados.

Por la tarde, mientras paseábamos por el pueblo, varios grupos de riquísimas colegialas y jóvenes nos pararon para practicar su inglés y pedir hacerse fotos con nosotros; definitivamente, los blancos aquí somos aún considerados como seres de otro planeta.

Día 6. De Berastagui hasta el Lago Toba y la isla de Pulau Samosir, Sumatra

Tras el desayuno salimos María y Pedro en un vehículo privado hacia el Lago Toba, situado a unos 130 kilómetros de distancia.

Realizamos una parada en la cascada de Sipiso-piso, un espectacular salto de 120 metros al que se accedía tras bajar interminables escaleras.

Cascada de Supiso-piso, en Sumatra

La espectacular cascada de Supiso-piso, Sumatra

Hicimos otra parada en el pueblo de Dokan, cuyo encanto radica en sus casas de arquitectura batak, con sus altos y puntiagudos tejados hechos de paja y barro curvados por los extremos como los cuernos de una res. El piso está elevado casi dos metros del suelo para dar cabida a los animales que por la noche calientan el interior. Una de las lugareñas nos invitó a pasar al interior. Lógicamente, tanta simpatía iba seguida de una discreta petición económica al salir del pueblo.

Los Bataks fueron los primeros pobladores de la isla de Pulau Samosir, ubicada justo en medio del lago Toba, el mayor lago del mundo de origen volcánico con una superficie de 1.700 kilómetros cuadrados. Provenientes de Tailandia y Myanmar, vivieron aislados durante siglos. Eran una cultura de naturaleza guerrera y carácter desconfiado que no construía caminos ni puentes para combatir mejor a las tribus rivales, e incluso llevaban a cabo rituales de canibalismo contra enemigos o criminales hasta que a principios del siglo XIX fueron cristianizados. Actualmente, viven 6 millones de bataks alrededor del lago Toba.

Finalmente, tomamos un pequeño ferry que nos dejó en el albergue de la isla.

La noche terminó con un espectáculo de música tradicional batak donde un grupo de adolescentes acompañaba el canto con refinados movimientos de danza tradicional, dulce y pausada, donde las manos y los brazos gesticulaban mucho más que el resto del cuerpo. Pero lo más característico era su forma de cantar, a medio camino entre los mariachis mexicanos y las tirolesas provenientes de los Alpes suizos.

Día 7. Recorriendo la isla de Pulau Samosir en moto: crash, boom, bang

A la mañana siguiente alquilamos un par de motocicletas con sus respectivos cascos a través del infinitamente amable recepcionista del albergue.

Libres como el viento, fuimos hasta Tomok y Siallagan, donde se encuentran las famosas sillas de piedra donde el consejo de las tribus de antaño juzgaba a los criminales, los cuales, en caso de ser declarados culpables, eran descuartizados en las propias mesas de piedra del lugar.

Seguimos la ruta hacia el este presenciando los acantilados y los bueyes siendo desparasitados por cigüeñas, hasta que Noa se percató de que mi rueda trasera estaba pinchada, algo que solucionamos rápidamente en un pequeño taller local por el equivalente a 2,5 euros.

Construcción de estilo Batak

Las formas características de la arquitectura Batak, en Sumatra

Pocos minutos más tarde empezó a llover ligeramente pero decidimos ponernos los chubasqueros y seguir adelante. Sin embargo, los dioses no estuvieron de acuerdo con nuestra decisión y en una curva cuesta abajo perdí por completo el control de la motocicleta. Me visualicé ya en el suelo, aunque de alguna forma conseguí detener la moto perpendicularmente a la carretera. Cuando giré la cabeza, vi que Noa, que había intentado evitarme frenando, había caído y se encontraba estirada en la calzada, herida y en estado de shock.

A los treinta segundos, otros turistas de nuestro albergue pasaron con sus motos y uno de ellos se fue también por los suelos. Por suerte nadie estaba herido de gravedad, pero Noa tenía unas cuantas raspadas en ambas rodillas, en una mano y un buen golpe en el gemelo derecho.

Por suerte, unos lugareños pararon a ayudarnos mientras le aplicábamos antisépticos a Noa en las heridas. Una vez pasado el susto regresamos sin prisas al albergue, dando el día por concluido.

Como curiosidad de la isla, decir en muchos albergues vi anunciadas las Magic mushrooms o setas alucinógenas, incluidas legalmente en la carta junto con bebidas o pasteles. El camarero me explicó que su efecto dura unas cuatro horas y potencia tu estado emocional presente, pero no quise darme la oportunidad de probarlo por mí mismo.

Día 8. De Danau Toba hasta parapat y bus dirección Bukkitinggi

El ferry de vuelta a Parapat salía a las tres de la tarde, así que aproveché la mañana para hacer gestiones.

Encontré una tienda en el pueblo donde imprimí el contrato de trabajo que me permitiría trabajar como fisioterapeuta en Nueva Caledonia, y también los papeles para dar de baja el seguro de mi coche en Reunión, donde había estado trabajando hacía pocas semanas. Luego, compré una tarjeta SIM indonesia y, tras comer algo, firmé oficialmente mi contrato y lo mandé por internet, oficializando mi nuevo trabajo en el Pacífico a partir de diciembre.

Finalmente, desde Parapat, nos dirigimos hasta la terminal principal de autobuses para dirigirnos hasta Bukittinggi, en la parte centro-oeste de Sumatra, un trayecto infernal que duraría 16 horas para cubrir 550 kilómetros.

El viaje se hizo pesadísimo.

A pesar de estar prohibido fumar, los tres conductores que se turnaban no paraban de encender cigarrillos hasta que tuve que llamarles la atención. El aire acondicionado congelaba el ambiente y la estrecha carretera estaba plagada de baches profundos, maniobras suicidas y bocinazos constantes que no ayudaron mucho a descansar.

Día 9. De Bukkitinggi a Maninjau

Llegamos a Bukittinggi a las diez de la mañana con el sueño y las ingestas totalmente perturbadas.

Ya la ciudad, una madre e hija musulmanas de una agencia local nos arreglaron en apenas treinta minutos toda la logística restante de nuestra estancia en Sumatra: el coche privado hasta el lago Maninjau, la vuelta y, dos días más tarde, los vuelos internos hacia Yakarta. Todo por 39 euros por persona.

Al cabo de un rato, ya estábamos dentro de nuestra furgoneta hacia Maninjau, la cual resultó no ser tan privada, ya que el conductor subió a tres pasajeros más que se creían en su casa y fumaban un cigarrillo tras otro con los pies descalzos, hasta que tuve que llamarles la atención.

A medida que avanzábamos, dejamos atrás la sucia ciudad para adentrarnos en la exuberante vegetación de la selva tropical. Empezamos a descender hacia las orillas del lago Maninjau, aunque las vistas estaban enturbiadas por el espeso humo proveniente de la quema ilegal de la selva tropical que los agricultores y grandes empresas realizan para obtener tierras de cultivo.

El taxista nos dejó enfrente del hostal, un pequeño oasis compuesto por bungalows y una choza a pie de lago hecha de bambú. El baño no tenía techo y permitía observar la jungla mientras uno realizaba sus tareas higiénico-fisiológicas.

Tras 22 horas de viaje, nos echamos un baño en las aguas calientes del lago volcánico antes de descansar.

Nuestro alojamiento en el lago Maninjau

Nuestro pequeño oasis de paz a orillas de lago Maninjau, Sumatra

Día 10. Valle de Harau con Muhammed Ali

Al día siguiente contratamos un tour alrededor del valle de Harau con nuestro guía, que se llamaba Muhammed Alí. Su físico de constitución delgada, pequeña altura y ojos achinados nada tenía que ver con el famoso boxeador, pero su gran sonrisa nos cautivó de inmediato. Su hija de 17 años se unió al grupo.

Ascendimos por la serpenteante carretera de Bukittinggi, famosa por sus 44 curvas señalizadas con paneles amarillos, y paramos en una pequeña fábrica de patatas fritas de tapioca para ver cómo las elaboraban a partir de harina, agua y colorante antes de secarlas al sol. También visitamos a un herrero amigo de Alí que fabricaba guadañas golpeando el hierro al rojo vivo con su martillo, y nos adentramos en la cueva más grande de Sumatra, repleta del cuchicheo constante de miles de murciélagos residentes.

Patatas fritas de tapioca del valle de Harau

Las patatas fritas de tapioca del valle de Harau, Sumatra

Durante el camino, Alí nos explicó con orgullo que pertenece a la sociedad Minangkabau, cuyo nombre significa «buey vencedor». Cuenta la leyenda que, para evitar una sangrienta guerra con una tribu rival, decidieron jugarse la disputa en una lucha de bueyes. Los rivales presentaron un buey colosal, mientras que los Minangkabau usaron un ternero al que pusieron cuernos de metal y dejaron sin amamantar una semana. Al soltarlo, el pequeño acudió desesperado a buscar el vientre de la hembra oponente y, con el ansia de alimentarse, sus cuernos de metal terminaron por destriparla. La tribu venció al grito de: “¡Minangkabau!”, inspirando la arquitectura de sus casas, cuyos tejados simulan los cuernos de un buey.

Esta sociedad es matrilineal: las mujeres ostentan las propiedades y las herencias, que pasan de madres a hijas, mientras que los hombres de la familia de sangre las gestionan. Cuando un hombre se casa con una mujer Minangkabau, la familia de ella corre con todos los gastos, pero si hay un divorcio, el marido debe marcharse con lo mismo con lo que llegó: su pequeña maleta. Alí nos decía entre risas: «Tengo que intentar ser un buen padre o me echarán de patitas en la calle».

Terminamos el recorrido en el impresionante valle de Harau, un precioso recodo que coincide exactamente con la línea del ecuador de la Tierra, flanqueado por muros verticales de roca de más de 100 metros cubiertos de frondosa vegetación.

Hicimos una caminata que nos llevó ante tres espectaculares cascadas donde las familias locales se bañaban completamente vestidas a causa de sus costumbres religiosas, mientras algunos jóvenes se entretenían con grandes serpientes como animales de compañía.

Serpiente en el valle de Harau

El trayecto de regreso desde el valle hacia Maninjau nos llevó más de dos horas plomizas, ralentizados por un denso tráfico dominguero y una tormenta furiosa que, por momentos, envolvía la carretera en una espesa niebla.

Al llegar, calados hasta los huesos, llegó el momento de despedirnos de Alí y de su hija.

Muhammed Alí y su hija, nuestros guías por el valle de Harau

Para cerrar nuestra última noche en Sumatra, organizamos una barbacoa de pescado en el hostal; un fin de fiesta sencillo, devorando el plato bajo el estruendo del agua que continuó golpeando el tejado durante toda la noche.

Día 11. De Maninjau a Jakarta. Adiós Sumatra, hola Java

El despertador nos devolvió a la realidad a las siete de la mañana. Salimos del hostal con el estómago vacío y las mochilas a la espalda, confiando en el transporte que habíamos apalabrado un par de días antes. Pero en Indonesia las certezas se evaporan rápido: allí no esperaba nadie.

Tras una llamada a la agencia, descubrimos que el coche del conductor se había averiado y que, con suerte, llegarían a las ocho y media.

La espera se hizo eterna en plena calle y la vejiga de Noa no entendía de retrasos logísticos. Sin baños públicos a la vista, no le quedó más remedio que llamar a la puerta de una casa local y pedir auxilio mediante gestos desesperados. La dueña, con una sonrisa hospitalaria, asintió y la guió a través de un pasillo mortecino hacia una habitación completamente oscura que olía a mil demonios. Para colmo de males, Noa se había descalzado obligatoriamente al cruzar el umbral. Al preguntar a oscuras dónde debía sentarse, la anfitriona señaló directamente al suelo: el retrete era simplemente un pequeño desagüe en una esquina. Sin más alternativa que la supervivencia, tuvo que agacharse con los pies descalzos sobre un suelo húmedo de líquidos orgánicos ajenos, hacer de tripas corazón y asearse de la forma más puramente indonesia —es decir, combinando el uso de las manos con un sucio cepillo local— hasta conseguir que todo se fuera por el sumidero. Una experiencia de inmersión cultural tan literal como inolvidable.

A las ocho y media, cumpliendo el nuevo pronóstico, una furgoneta nos recogió para devolvernos a Bukittinggi. En una hora estábamos de nuevo en la agencia de las encantadoras chicas musulmanas y, casi sin transiciones, nos subieron a otro vehículo repleto de cojines que nos llevó hasta el aeropuerto de Padang.

El pequeño aeropuerto de Padang resultó tener sus propias e inquietantes particularidades. Al ser un recinto público en el país con más musulmanes del planeta, cuenta con su propia mezquita integrada y, a la hora de la plegaria, la voz del “cantaor” atronaba sin piedad por la megafonía de la terminal, solapándose con los avisos de embarque.

Pero lo verdaderamente asombroso fue la seguridad, o más bien la absoluta ausencia de ella. Fue la primera vez que entro en un avión sin enseñar mi pasaporte o carnet de identidad así que podía haber dado mi billete a cualquier terrorista suicida y dejarlo entrar en mi nombre. Supongo que en los países islámicos no tienen miedo ninguno a ataques terroristas, pues suelen ser ellos mismos la fuente de este tipo de atentado, siempre dirigidos contra países no musulmanes. Por si fuera poco, crucé el arco de seguridad con mi botella de agua intacta y sin necesidad de extraer el ordenador de la mochila, una laxitud aduanera que mi espalda agradeció sobremanera.

#####

Y, de momento, hasta aquí mi diario de viaje de mi periplo por Sumatra.

Si quieres seguir la aventura, te invito a que continúes en mi siguiente post, en el que descubrirás mis peripecias por Java.

Así pues, si más dilación, me despido, pero no sin antes preguntarte a ti…

¿Qué te ha parecido este diario de Sumatra? ¿Te ha gustado? ¿Te gustaría visitar este rincón del planeta?

Te leo en comentarios.

Publicado en: Asia, Pacífico y + Etiquetado como: Indonesia, Sumatra

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Sobre Ubay

Fisioterapeuta, osteópata y astrólogo de profesión, filósofo irremediable y viajero empedernido. Actualmente, llevo una vida nómada en la que combino a partes iguales mi trabajo y mis viajes por el mundo. Si quieres conocer mi historia, pincha aquí

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