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Los dos niveles de comunicación que utilizo para elegir mis relaciones personales

18 julio, 2024 By Ubay Serra Sánchez 2 comentarios

Niveles de Comunicación

Niveles de comunicación portada Mi último año está siendo especialmente social.

He conocido a muchas personas y he participado en distintos grupos temáticos: para salir de fiesta, para hacer senderismo, para bailar salsa y bachata…

Estar rodeado de personas nuevas es fuente de nuevos estímulos, experiencias compartidas y momentos de diversión. Pero también de conflictos, manipulaciones y situaciones de alta tensión.

En cualquier caso y, sin duda alguna, relacionarse con otras personas es siempre una forma inigualable de obtener nuevos aprendizajes y, con un mínimo de trabajo introspectivo, de incrementar nuestras habilidades sociales.

Una de estas habilidades es la de aprender a poner a cada persona en su lugar, un arte que implica saber filtrar y seleccionar a las personas que se cruzan en nuestro camino para que ejerzan, en el esquema de nuestra vida, la verdadera función para la cual tienen cabida.

Ello nos permite ahorrar tiempo y recursos, lograr nuestras metas con más rapidez y crear vínculos con personas afines nos permiten ser nosotros mismos al 100%.

Esto último resulta fundamental para nuestra felicidad o, por lo menos, para sentirnos a gusto y bien acompañados durante el viaje de la vida.

1. La importancia de los niveles de comunicación en las relaciones personales

Existen muchos factores por los cuales elegimos o descartamos relacionarnos con otras personas.

Uno de los más importantes es, claramente, la comunicación.

Si la comunicación que tenemos con alguien está ajustada a nuestras necesidades, nos llevaremos bien con él o ella. Es decir, si la comunicación es fluida, nos hace sentir bien, nos complementa y saca lo mejor de nosotros mismos, elegiremos a esa persona y querremos pasar tiempo con ella.

Si la comunicación que tenemos con un individuo no se ajusta a nuestras necesidades, la relación no será buena. Obviamente, si la transmisión de información está bloqueada, nos hace sentir mal, nos desequilibra o no podemos expresar lo mejor de nuestra forma de ser, descartaremos a esa persona y no querremos pasar tiempo con ella.

Los niveles de comunicación marcan la afinidad personalLos niveles de comunicación determinan el grado de afinidad personal

En mi caso, en este último año, he vivido ejemplos de todo tipo.

Por un lado, he conocido a personas que, con el paso de los meses, han ido sacando lo mejor de mí. Hemos compartido cada vez más información, anécdotas y detalles de nuestra vida personal. Nos hemos sentido, poco a poco, más comprendidos, arropados y aceptados. Y, como es natural, estas personas han acabado conformando mi pequeño círculo íntimo, con el cual puedo expresarme sin limitaciones y compartir cualquier actividad con ellas.

Por otro lado, también he conocido a personas con las que ha habido muchos problemas de comunicación. Y gracias a ello he podido sacar las conclusiones y aprendizajes que compartiré en este artículo.

En los casos más complicados, el proceso casi siempre es el mismo: conozco a una persona e intento integrarla en mi vida, analizándola, hablando con ella e intentando encontrar puntos y experiencias en común. Eso ya supone, para mí, un reto, puesto que implica darle a todo el mundo una oportunidad y trascender mis propios prejuicios.

Después de un tiempo de adaptación y de aparente normalidad, lo cual puede llevar desde unas pocas semanas hasta varios meses, llego a un punto de saturación. De repente, tras un período de acumulación de información, evidencias y experiencias conjuntas, llego a unas conclusiones y, en ese instante, hago un clic que me hace pasar al extremo contrario, esto es, paso de tenerla cerca e integrarla en mi círculo social a no querer compartir absolutamente nada con ella, evitándola en la medida de lo posible; por lo menos, dentro de mi círculo más íntimo.

La cuestión es, ¿por qué lo hago? ¿Cuáles son los factores que detonan en mí esos cambios de actitud hacia dichas personas?

La respuesta se encuentra en los niveles de comunicación.

Siempre que me ha pasado algo así con alguien, ha sido por un problema comunicativo en alguno de los siguientes 2 niveles.

2. La capacidad de dialogar (monólogo vs diálogo), el primer nivel de comunicación

Con el tiempo, me he percatado de que hay muy poca gente que sepa dialogar de forma equilibrada.

Te parecerá una tontería; pero, si lo piensas, ¿cuánta gente conoces que habla en la misma proporción que escucha? ¿Cuántas personas respetan el turno de palabra, no interrumpen, se percatan de que hablan demasiado, o de que deben participar si sólo han estado escuchando?

Cuando me planteé estas preguntas me di cuenta de la realidad. Y la realidad es que prácticamente nadie sabe dialogar de forma equilibrada.

La gente se mueve en dos extremos, y no se percata de ello, perpetuando dichos desequilibrios relacionándose de forma natural con el perfil de interlocutor opuesto.

A colación de esto último, observamos que existen dos tipos básicos de interlocutor:

2.1. El monologuista

El monologuista tiene una necesidad imperiosa de hablar, de vomitar de forma descontrolada sus historias, sentimientos, quejas, conocimientos… sin más.

Su objetivo es desahogarse contigo y, acto seguido, irse cuando ha terminado. No le interesa lo más mínimo lo que tú tengas que decir, se centra exclusivamente en sí mismo y en su necesidad de sacar afuera lo que tiene atrapado en su interior.

Imagen vía depostiphotos

Si intentas participar en la conversación, automáticamente te corta y sigue hablando él. Si logras imponerte por momentos, no te escucha lo más mínimo, pues está pensando y esperando a que hagas una pequeña pausa para soltar lo siguiente que quería decir.

En definitiva, se trata de personas que no saben dialogar, sólo quieren ser protagonistas de su propio monólogo. No quieren, no desean y, probablemente, ni siquiera saben llevar a cabo un diálogo sano y equilibrado.

Cuando te topas con un monologuista, lo natural sería levantarse y dejarlo solo vomitando su verborrea. Estoy seguro de que muchos de ellos seguirían hablando. Obviamente, si tu interlocutor sólo quiere vomitar lo suyo, ¿para qué estás ahí? Mejor irte y que siga desahogándose frente a la pared. Si permaneces, te cargarás con sus problemas, su energía negativa y sus quejas. A lo sumo, si tienes la suerte de estar frente a alguien mínimamente culto o inteligente, puede que aprendas algo nuevo.

Hay un par de proverbios que, en alguna ocasión, he aplicado con estos monologuistas:

¿Sabes por qué Dios nos dio dos orejas y una sola boca? Porque hay que escuchar el doble de lo que hablamos.

O bien…

Si sólo hablas, únicamente vas a repetir lo que ya sabes; pero, si también escuchas, es posible que aprendas algo nuevo.

Tras pronunciar estas frases, suele haber unos segundos de silencio, y luego, tras una incómoda risa, la verborrea continúa. Sin embargo, si el monologuista tuviera un ápice de empatía, se daría cuenta de su desequilibrio, pediría disculpas y te cedería la palabra; pero no suele ser el caso.

El monologuista puede tener distintos perfiles psicológicos y motivaciones que justifiquen su forma de comunicarse. Mi experiencia personal me dice que suele tratarse de personas egoístas y egocéntricas, con poca empatía, de mente inquieta y, en ocasiones, con muchos conocimientos y alto nivel intelectual; pero, paradójicamente, con poca capacidad introspectiva y un bajo nivel de desarrollo personal y control emocional.

Lógicamente, el interlocutor perfecto para el monologuista, y el más capacitado para aguantar sus monólogos de forma más o menos paciente y constructiva, es el perfil contrario: el escuchador.

2.2. El escuchador

El escuchador, al contrario que el monologuista, sabe escuchar.

Y, por norma general, escucha de forma activa porque le interesa genuinamente lo que el otro tiene que decir.

Dentro de los distintos niveles de comunicación encontramos el perfil del escuchador

El escuchador suele cederle siempre el turno de palabra a su interlocutor, pues no entra en la batalla por el protagonismo dialéctico, y sólo participa cuando el otro lo pide o se queda sin palabras.

Es más, muchos de ellos dejan que el monologuista lidere el encuentro, pero saben guiar perfectamente la conversación con intervenciones cortas y puntuales.

El escuchador suele ser una persona de naturaleza empática, analítica y curiosa. Se trata de individuos con una alta sensibilidad emocional y un ego mucho más controlado, lo cual les permite dar prioridad a su interlocutor y sacrificar su propio ego para alimentar al del primero.

Los escuchadores disfrutan explorando la mente humana y analizando el comportamiento de las personas, de ahí su pasión por conocer historias, vislumbrar patrones y sacar conclusiones.

Muchos escuchadores son extremadamente pacientes, pues conectan emocionalmente con el discurso de la otra persona. Y, si son más experimentados, además, tienen la capacidad de cortar el diálogo en el momento oportuno y de la forma más asertiva posible para el otro.

Este tipo de perfil, en su variante más extrema, tampoco contribuye a un diálogo equilibrado, pues es más propio de ambientes académicos o sesiones de psicología. De hecho, escuchar de forma activa y dejar que el otro se desahogue libremente es, en sí mismo, un acto notablemente terapéutico y gratificante, como bien saben los profesionales en la materia.

Por ello digo que los escuchadores son personas con “alma de psicólogo”, lo cual explica que se encuentren siempre rodeados de monologuistas ávidos por captar su atención y, acto seguido, vomitar su interminable dialéctica encima de ellos.

Por otra parte, también cabe la posibilidad de encontrar a escuchadores pasivos faltos de interés, o excesivamente tímidos o ignorantes que no tienen nada que decir u opinar. No obstante, por regla general, un escuchador es alguien inteligente que, a lo largo de su vida, ha sabido aprender de los demás y, por consiguiente, suele tener un notable nivel de desarrollo personal.

3. La capacidad de moverse en distintos niveles de comunicación en cuanto a variedad y profundidad

En este apartado me gustaría presentar otros dos perfiles comunicativos que te resultarán familiares.

En un extremo, encontramos a las personas monotemáticas; es decir, aquéllas que están obcecadas en hablar de un único tema. Seguro que te has topado muchas veces con la típica persona que sólo habla de motos, de fútbol, de política o de economía.

Los monotemáticos son personas muy apasionadas o focalizadas en un área específica de la vida; tanto, que pueden incluso mostrar rasgos de obsesión en dicha área. Esa hiperfocalización puede limitar el resto de facetas de su vida, e incluso convertirlas en personas aburridas y pesadas de cara a los demás, especialmente si se relacionan con gente cuyos intereses difieren de su tema estrella.

Imagínate, si no, lo somnoliento y exasperante que puede ser la interacción con alguien que sólo hable de política, religión o economía, cuando, para ti, dichos temas son completamente irrelevantes.

El perfil antagónico al interlocutor monotemático es el interlocutor politemático; es decir, aquella persona que es capaz de hablar sobre muchos y variados temas: finanzas, prensa rosa, deportes, geopolítica, arte abstracto, arquitectura barroca, música clásica…

Este tipo de persona no profundiza tanto en un área específica del saber, sino todo lo contrario, son individuos con rasgos de personalidad en los que predomina la curiosidad y las ganas constantes de aprender sobre temas nuevos y diversos.

¿Significa ello que son interlocutores más estimulantes e interesantes? Las respuesta es no, pues dependerá de la persona con quién se relacionen. Simplemente son distintos. Es más, a nivel personal, estos últimos me pueden resultar igual o más molestos que los monotemáticos si no cumplen algunos requisitos extra. Me explico.

En los distintos niveles de comunicación tenemos al monotemático y al politemático

Hace años tenía un conocido que cumplía exactamente con el perfil politemático que acabo de describir y, sinceramente, hablar con él me volvía loco en cuestión de minutos. ¿Por qué?

Primero, porque hablaba de temas variados que, para mi gusto, eran totalmente banales e intrascendentes. Te contaba de cosas tan absurdas como el cotilleo más reciente de la casa real danesa, el último modelo de Mercedes que acababa de salir al mercado, las dos empresas tecnológicas americanas que estaban a punto de quebrar o las elecciones locales de su pueblo. No había ni un tema que conectase con mis gustos y preferencias.

Segundo, porque pasaba de un tema a otro a una velocidad pasmosa, de forma desordenada y sin llegar a ningún tipo de conclusión, esto es, sin cerrar ningún tema de forma coherente antes de pasar al siguiente. Te ametrallaba con una especie de ensalada de ideas inconexas compuesta de sujetos de naturaleza superficial y trivial que no sintonizaban en absoluto con mis intereses. Lo dicho, en 5 minutos me dejaba totalmente agotado.

¿Qué le faltaba, pues? O, mejor dicho, ¿qué necesitaba yo para poder tolerar tal retahíla de informaciones caóticas? Pues, lógicamente, profundizar un poco más sobre los asuntos tratados, presentar los temas con un orden que tuviera más relación con los temas precedentes y, sobre todo, hablar de cosas de naturaleza más abstracta, profunda y espiritual.

Es fácil y habitual oír hablar sobre cuestiones materiales, lógicas y relativas al hemisferio izquierdo; pero, ¿qué hay de lo inmaterial, de lo irracional y del hemisferio derecho? Son asuntos que pueden gustarte más o menos, pero ¿acaso no conforman la otra mitad de la realidad y de la vida misma?

Pero aquí ya estamos entrando en un terreno muy personal, con lo que, prefiero continuar en el siguiente apartado.

4. Saber elegir a personas cuyos niveles de comunicación satisfagan tu combinación nutritiva perfecta

Cada persona tiene necesidades comunicativas distintas. Por consiguiente, debemos buscar a personas cuyas forma de comunicarse se adapten a nuestras necesidades.

El primer paso para lograrlo es, obviamente, conocerse a uno mismo y saber en qué niveles comunicativos operamos. ¿Somos monologuistas, escuchadores o algo intermedio? ¿Somos monotemáticos o politemáticos? ¿Cuáles son los temas que nos interesan? ¿Nos gusta hablar más de temas superficiales o de temas profundos? ¿Cómo nos gusta comunicarnos en un entorno de amigos, y con la pareja y el resto de la familia?…

A partir de ahí, podremos identificar mejor el perfil de interlocutor que más nos conviene y, de esta forma, podremos elegir o descartar a las personas de nuestro entorno según el contexto y nuestros objetivos.

Y el objetivo primordial final es sentirse nutrido de forma completa.

Al igual que diría un dietista, si el ser humano tiene necesidades nutritivas que deben ser cubiertas con los alimentos correctos, éste también tiene necesidades comunicativas que deben ser cubiertas con personas que sean capaces de saciarlas.

Por lo tanto, debemos ser muy inteligentes a la hora de elegir a las personas que incorporamos en nuestro entorno, especialmente porque nuestro tiempo es limitado, al igual que el número de personas con las que podemos interactuar. De otro modo, acabaremos vacíos, desequilibrados y “malnutridos”.

Elegir a personas con niveles comunicativos que nos nutran de forma equilibrada y completa es fundamental para nuestra salud

Si dispones de mucho tiempo libre para mantener una intensa vida social y una gran cantidad de amigos, tal vez puedas saciar tus necesidades comunicativas con muchas personas distintas. Puedes tener un amigo para ir de fiesta, otro para hablar de economía, otro que te escuche y con el que puedas desahogarte, un par de amigos sólo para comentar cotilleos, uno para debatir sobre temas profesionales… y así sucesivamente.

Pero, no nos engañemos, con el pasar de los años, nuestras responsabilidades aumentan, y cada vez tenemos menos tiempo disponible, con lo que debemos elegir unas pocas personas que configuren nuestro núcleo duro. Es decir, nuestra pareja y nuestro círculo íntimo de amigos, ese pequeño grupo con el que, al final, elegimos pasar el 80% de nuestro tiempo libre fuera del trabajo y las obligaciones.

Es en la elección de ese núcleo duro donde debemos ser selectivos y tener claro qué es lo que nos conviene.

Si has hecho un buen trabajo introspectivo y sabes lo que necesitas, ahorrarás mucho tiempo. En mi caso, por ejemplo, he analizado bien mi perfil mental mediante la astrología psicológica. Tener 4 planetas en Escorpio y en casa XII, incluyendo a Mercurio, el planeta que rige la forma de comunicarse, me da ya muchas pistas sobre mis niveles de comunicación y mis necesidades al respecto.

Si no, deberás aprender por ensayo y error, como hemos hecho todos, incluyéndome a mí mismo. O puedes seguir leyendo este artículo para simplificarte la vida.

Para ayudarte, voy a compartir cuál es mi perfil y qué es lo que busco en cuanto a los niveles de comunicación. Acto seguido, te propongo que hagas lo mismo para ti, es decir, que definas tus niveles de comunicación y, a partir de ahí, identifiques qué perfil de interlocutor se ajusta más a tus necesidades

4.1. Mis necesidades y preferencias en el diálogo. ¿Cuáles son las tuyas en este nivel de comunicación?

El rol o nivel de comunicación que suelo tomar durante un diálogo es el de escuchador.

Cuando me relaciono con las personas, éstas suelen explicarme su vida y sus problemas. Además, me encanta hacerlo, pues tengo un interés genuino en ello. Aprendo, sé escuchar de forma activa y se me da bien dar buenos consejos.

Es más, con frecuencia acabo haciendo de “psicólogo” de los demás, y tengo demasiada paciencia, pues me cuesta encontrar el momento de cortar a la persona que adopta el rol de monologuista conmigo.

Sin embargo, con el paso del tiempo, he llegado a un nivel de saturación importante, pues por muy escuchadores que seamos, todos tenemos necesidad de expresar y comunicar nuestras cosas a la gente adecuada.

Por ello, mi reto es seleccionar cada vez más a las personas con las que adopto el rol de escuchador; ya que, de otro modo, se establece un desequilibrio dañino. Así pues, de forma progresiva, intento acotar mi papel de escuchador a ambientes más terapéuticos, como las sesiones de fisioterapia o las consultas de astrología psicológica.

Además, empiezo a estar bastante harto de aquellas personas que te avasallan y acribillan con sus interminables monólogos hasta la extenuación; aquéllas que, con el pasar de los minutos, ves que no tienen ninguna intención de escucharte, sino que te usan como tampón emocional para desahogarse y vaciar su interminable oratoria. Y, cuando han terminado, se van como si nada, sin siquiera preguntar.

Como comenté antes, estas personas –en su mayoría– se manifiestan así por su excesivo egocentrismo y egoísmo, porque no tienen empatía o, simplemente, porque necesitan terapia. Efectivamente, cuando eres egocéntrico, sólo te interesa lo que tú tienes que decir. Cuando no tienes empatía, no te interesan las necesidades del otro, con lo que sólo tienes en cuenta las tuyas. Y cuando tienes problemas que sanar, una de las formas de hacerlo, es vomitarle a los demás tus problemas e historias.

Todo ello es, en general, una falta de respeto hacia tu interlocutor, que no tiene porqué soportar un monólogo tuyo sin posibilidad de participar.

Hace poco conocí a dos personas con este perfil, Teresa y Nacho.

Teresa sufría de una verborrea incontrolable, y solía ser el centro de atención en los grupos de personas con los que se relacionaba que, curiosamente, eran en su mayoría calladas, tímidas y con bastante inseguridad a la hora de hablar. Así pues, la presencia de Teresa tenía todo el sentido del mundo en este contexto. Sin embargo, cuando se mezclaba dentro de mi círculo más íntimo, lógicamente, tampoco dejaba hablar a nadie: interrumpía continuamente y su nivel de decibelios era especialmente alto, sobre todo en el momento de lanzar sus histriónicas risas. Acabé expulsándola del grupo, del que yo era administrador.

Algo parecido ocurría con Nacho. Acostumbrado a ser el centro de atención, Nacho tenía una necesidad continua de aprobación y de ser aceptado por las personas con las que se relacionaba. Además, su alto nivel de egocentrismo le hacía adoptar el rol de “macho alfa”, exacerbado por un sentimiento de superioridad intelectual justificado por una alta puntuación obtenida en un Test de Coeficiente Intelectual años atrás. Así pues, Nacho estaba siempre pendiente de la conversación para, continuamente, interrumpir y hacer sus aportaciones, con las que pretendía impresionar a los demás dando datos relevantes, ofreciendo soluciones a los problemas planteados y dejando patente su supuesto alto nivel de conocimientos y capacidad resolutiva. Es decir, un «alfa-cuñao», el típico cuñado-listillo que se cree el jefe de la manada.

Es más, en cuanto le robaba protagonismo con algún comentario o chiste gracioso, me lanzaba miradas y comentarios de desaprobación e incluso se permitía el lujo de mostrarme su descontento con alguna colleja. De esas que no pasan desapercibidas para el que las recibe, pero que no llegan a ser lo suficientemente fuertes como para voltearse y darle un puñetazo. Acabó friéndome el cerebro, por lo que fui dejándolo de lado paulatinamente.

En definitiva.

A día de hoy, intento relacionarme con el perfil de persona más escaso de encontrar: aquellas personas que saben mantener un equilibrio entre hablar y escuchar.

Me gustan las personas que se dan cuenta de que están hablando demasiado y dan paso al otro interlocutor para equilibrar la balanza. O las personas que, cuando llevan mucho tiempo escuchando, hacen el esfuerzo de tomar la iniciativa dentro de la conversación.

Trabajar en niveles comunicativos afines es idealUn nivel de comunicación equilibrado entre hablar y escuchar es difícil de encontrar

De esta forma se establece un diálogo sano, recíproco y equilibrado en el que ambos interlocutores hablan y escuchan de forma más o menos equitativa. En este contexto, enseñas de la misma forma que aprendes. Empatizas de la misma forma en que te desahogas. Y todos los participantes crecen en la misma medida.

Pero, como acabo de decir, es difícil encontrar a personas así. Si no, haz la prueba y me cuentas.

Y tú, ¿cuáles son tus necesidades y preferencias a la hora de dialogar?

4.2. Mis necesidades y preferencias en la variedad y profundidad comunicativa ¿Cuáles son las tuyas?

Personalmente, me estimulan más las personas que son capaces de hablar de varios temas que las personas que se centran en una única temática.

Al tener muchas inquietudes personales y un espíritu de aprendizaje constante, disfruto debatiendo y hablando de cuestiones tan variopintas como la geopolítica, el cine, la filosofía, las finanzas, las inversiones, los viajes, las culturas extranjeras, las criptomonedas, los deportes… pero no de cualquier forma.

Me gustan las personas que, respetando los turnos de palabra, como hemos visto antes, también sepan enlazar un tema con otro sin irse por las ramas excesivamente, que sepan zanjar cada cuestión tratada y sacar conclusiones antes de plantear otra; y, por supuesto, que se interesen por los mismos asuntos que yo, lo cual es bastante lógico.

Todas las temáticas que nombré más arriba hacen referencia a asuntos superficiales, mundanos, materiales, prácticos, racionales, cartesianos y gestionados por el hemisferio cerebral izquierdo. Y está bien hablar de todo ello. Pero, como ya mencioné anteriormente, para sentirme completo y realizado a nivel comunicativo, necesito personas que también sean capaces de irse al otro extremo.

El motivo es que también me estimulan (incluso más) los temas que tienen que ver con lo profundo, lo intangible, lo espiritual, lo abstracto, lo irracional y todo lo referente al hemisferio cerebral derecho. Por ello, también necesito poder hablar de emociones, de sentimientos, de psicología, de conspiraciones, de extraterrestres, de los astros, de los sueños, de sucesos paranormales, de las almas, del fin del mundo… con la misma naturalidad que antes.

De otro modo, las conversaciones se me hacen banales e incompletas. No es que estén mal, pero no acaban de “nutrir” todas las facetas de mi ser.

Los niveles de comunicación que combinan lo material con lo espiritual son los que más me estimulan

Si estos temas no son de tu interés, no voy a dejarte de lado. Podremos quedar para ir a la playa, tomarnos unas copas y bailar, debatir sobre un tema en concreto o quedar para almorzar. Pero, probablemente, nunca formes parte de mi círculo más íntimo.

A lo largo de mi vida, la mayoría de los monologuistas con los que me he topado han sido personas que sólo eran capaces de abordar una parte de la realidad, habitualmente la más mundana, terrenal y lógica. Por ende, se me han quedado cortas; pues no logro sentirme completo y realizado en su presencia.

Por ejemplo, Teresa la ruidosa podía estar horas riendo y hablando de temas variados, pero siempre rechazaba hablar de emociones, de motivaciones internas o de psicología profunda. Al parecer, su niñez y –especialmente–  la relación con su padre no fue del todo fácil. Lo comento porque casi todos los problemas de la adultez –incluyendo los problemas comunicativos– parten de la infancia y la familia, y nunca sanan si no hacemos el esfuerzo introspectivo de hurgar en lo más oscuro de nosotros mismos.

Lo mismo le sucedía a Nacho, el ególatra listillo. Era un lince para dar datos, proponer soluciones y llevar la voz cantante en cualquier tema práctico y mundano que sacáramos a la palestra, pues su objetivo era obtener aprobación y admiración continua, así como sentirse el jefe de la manada. Sin embargo, era incapaz de profundizar en temas de autoconocimiento; era extremadamente torpe a la hora de gestionar sus emociones; y se negaba en redondo a recordar su pasado e indagar en sus posibles traumas para sanar ciertas actitudes presentes. En el fondo, no era más que un niño inseguro y miedoso atrapado en el cuerpo de un adulto peludo en continua búsqueda de palmaditas en la espalda.

En conclusión.

A día de hoy, a la hora de incorporar a nuevas personas dentro de mi círculo íntimo, elijo a aquéllas que saben hablar sobre distintos temas de forma coherente, ordenada y respetuosa.

Y tengo especial predilección por aquéllas que, además de abarcar temas mundanos, prácticos y relativos al hemisferio izquierdo, también se sienten cómodas hablando de temáticas espirituales, abstractas y del hemisferio derecho.

Aunque, todo ello, no es más que una preferencia personal ajustada a mi forma de ser y de ver la vida.

La pregunta importante es: Y tú, ¿qué tipo de temas te gusta tratar? ¿Qué tipo de personas quieres tener a tu lado? ¿En qué niveles de comunicación necesitas moverte para poder sentirte realizado y nutrido?

#####

Y hasta aquí el artículo de hoy.

Espero haber sido claro en cuanto a los distintos niveles de comunicación que exijo y necesito de las personas que incorporo a mi círculo íntimo.

Y, sobre todo, ojalá que este escrito te ayude a ser consciente de tus necesidades comunicativas para que, en el futuro, sepas elegir mejor a las personas que van a acompañarte de forma íntima en el viaje de tu vida.

Sin más, me despido

Y antes de irte, no dudes en dejar tus impresiones y tus comentarios aquí abajo.

Siempre es un placer leeros.

Publicado en: Relaciones personales

Comentarios

  1. Toñi dice

    21 julio, 2024 a las 11:24

    Hola Ubay,
    Gracias por tus trabajos, ya sabes que siempre, me aportan, para mí persona y espíritu!!!
    Todo,lo que comentas lo comparto,
    Sólo, añadiría, qué dichas personas se encuentran en otra evolución, para su alma y espíritu y comprendiendo, ésto
    Y muy necesario,,,
    Podemos avanzar ,sin ninguna dificultad, para nuestro conocimiento, espíritu, muy necesario,
    Tranquilo, tenemos, muchísimas almas, que están, ahí esperándonos, (me incuyo)Para poder seguir avanzando, con ,una conciencia plena y disfrutar de ésas personas especiales y conscientes,,,
    Cuidate mucho,
    Muchísimas gracias 😊 consciente,
    A seguir SUMANDO 🫠😉🙃

    Responder
    • Ubay Serra Sánchez dice

      21 julio, 2024 a las 15:52

      Gracias a ti por tu aportación, Toñi. Un abrazo

      Responder

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Sobre Ubay

Fisioterapeuta, osteópata y astrólogo de profesión, filósofo irremediable y viajero empedernido. Actualmente, llevo una vida nómada en la que combino a partes iguales mi trabajo y mis viajes por el mundo. Si quieres conocer mi historia, pincha aquí

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