Qué ver en Mauricio y Rodrigues

Cuando decidimos visitar la isla de Mauricio, estaba viviendo en la isla de la Reunión, donde trabajaba como fisioterapeuta.
Para los reunioneses, Mauricio es un paraíso de playas de arena blanca y habitantes acogedores donde todavía resulta fácil encontrar un buen alojamiento y comer ricas especialidades locales a precio razonable.
Así pues, decidimos comprar los pasajes y comprobar por nuestro propio pie la veracidad de tales afirmaciones y, de paso, descubrir un nuevo país que, al parecer, tiene fuertes influencias de la cultura india.
Para situarnos, Mauricio consta de varias regiones:
Por un lado, la isla principal, de orografía bastante plana y con una extensión de unos 2.000 kilómetros cuadrados (unos 40 kilómetros de ancho por 50 de largo).
Por otro lado, existen otras regiones periféricas que también pertenecen a Mauricio. Un ejemplo es la pequeña isla de Rodrigues, ubicada a unos 600 kilómetros al este y con un tamaño aproximado de 18 kilómetros de longitud por 8 de anchura.
Lo mejor es que, antes de continuar, le eches un ojo tanto al mapa de Mauricio como al de Rodrigues:
Y ahora sí, entremos en materia…
A continuación, voy a compartir contigo los mejores consejos de viaje y, además, mi diario personal, que te ayudarán a descubrir y planificar qué ver en Mauricio (y Rodrigues) durante tu próxima escapada.
Así pues, sin más dilaciones, ¡empecemos!
1. Qué ver en Mauricio (y Rodrigues): diario de 9 días de viaje
Día 1. Llegada a Mauricio. Desde el aeropuerto hasta Mahébourg
Llegamos a Mauricio a media tarde, a la hora de la puesta de sol, momento en que la cálida y tenue luz embellecía aún más las preciosas costas de la isla, adornadas con sus arrecifes de coral y sus aguas de color turquesa.
El aeropuerto es una construcción ultramoderna que rezuma lujo y donde no faltan cascadas artificiales, paredes lisas de mármol de varios colores y música chill-out de fondo. Sin duda, un lugar pensado para satisfacer los bolsillos más caudalosos y los gustos más exigentes.
A nuestra llegada nos recibieron calurosamente los representantes del rent-a-car Monet y tomamos nuestro minúsculo Hynday rojo (prácticamente nuevo y sin apenas kilómetros) para dirigirnos a Mahébourg, donde habíamos reservado nuestro primer alojamiento.
En menos de media hora llegamos a Mahébourg y nos plantamos en Chez Henry, una casa criolla remodelada para acoger huéspedes.
La propiedad tenía un pequeño jardín con piscina y jacuzzi y, en el piso inferior de la casa, vivían Henry y su mujer, que llevaban un estilo de vida envidiable y desprendían optimismo y entusiasmo por la vida.
La mujer llevaba la limpieza de la casa y preparaba los desayunos, siempre con su loro a hombros, mientras que Henry regentaba un restaurante local a un par de kilómetros de allí.

La mujer de Henry, propietario de nuestro primer alojamiento, siempre iba con un loro a hombros
En el piso de arriba se encontraban las espaciosas habitaciones de los huéspedes, decoradas al estilo criollo, con muebles y camas de madera maciza, ventilador en el techo y baño privado.
Tras conversar un poco con ellos, medio en francés medio en inglés, decidimos ir a cenar a su restaurante, que resultó ser un pequeño local forrado de madera que ostentaba tener un menú limitado en variedad pero sobrado en calidad.
La cena consistió un enorme plato de pescado con guarnición y una tarta casera de postre. Rico, aunque algo caro.
Día 2. Qué ver en Mauricio en el sur de la isla (parte 1)
Nuestro primer día de visitas empezó con un copioso desayuno en el jardín del hostal, a base de fruta fresca, tostadas con mermelada, yogur y té.
De ahí decidimos visitar el sur de Mauricio realizando un bucle.
Nuestra primera parada fue en la plantación de té de Bois Chéri, donde se puede seguir el proceso de elaboración del té desde la recolección de las hojas hasta su procesamiento industrial, que uno puede observar “in situ”.
El punto culminante de la visita consiste en la degustación de todas las variedades de té que el centro produce, algo que resultó muy apropiado y reconfortante para compensar las lluvias y los espesos nubarrones grises con los que había empezado la mañana.
Las plantaciones de té Bois Cheri, en Mauricio
Seguidamente, nos dirigimos hasta Grand Bassin, un pequeño lago interior flanqueado por una estatua gigante y en cuyo centro yace un templo hindú. La leyenda cuenta que durante sus viajes por el mundo, el Dios hindú Shiva derramó unas gotas del río Ganges, que transportaba a su espalda. Dichas gotas cayeron en la isla y formaron el lago de Grand Bassin, que hoy día se ha convertido en el mayor lugar de peregrinación hindú fuera de la India y suele congregar gran cantidad de devotos, que ofrecen incienso y comida a las orillas de sus aguas.

La estatua gigante de Grand Bassin
De ahí nos dirigimos al valle de los 7 colores, un pequeño enclave que se puede rodear a pie y en el cual se encuentran formaciones montañosas de pequeña altura que reflejan diferentes tonalidades de rojo.
En el mismo recinto deambulaban tortugas gigantes, que eran sistemáticamente acosadas por los turistas, que no mostraban ningún tipo de respeto por dichos animales, llegando incluso a ponerse encima de ellas para hacerse la foto de rigor.
El Valle de los 7 colores
Los mismos turistas que habíamos encontrado en el valle de los 7 colores coincidieron con nosotros en la visita a la cascada de Chamarel, un precioso salto de agua de más de cien metros accesible por carretera, lo que hacía que su indudable belleza fuera enturbiada por la excesiva presencia humana.
La Cascada de Chamarel
Tras visitar la cascada de Chamarel paramos en un pequeño restaurante local, donde nos sirvieron el menú del día, que consistió en arroz con 5 especialidades locales de influencia india: lentejas con espinacas, alcachofas con carne, patata con bechamel, papaya con pulpo y una que no conseguí identificar.

Con los estómagos llenos y las energías renovadas comenzamos la segunda parte del bucle, la que recorría la costa sur de la isla.
Nuestra primera parada fue en la península de Morne, una gran formación rocosa situada en la punta suroeste de Mauricio.
Tras parar en un supermercado para comprar agua y algo para merendar a precios desorbitados seguimos avanzando por la costa sur, donde tuvimos tiempo de tomar un baño en una playa de arena blanca y presenciar uno de las mejores puestas de sol que he visto.
En Mauricio vi una de las mejores puestas de sol que recuerdo
El día terminó en Mahébourg, nuestro punto de inicio, donde degustamos un filete a la pimienta en un restaurante a pie de playa.
Día 3. Qué ver en Mauricio en el sur de la isla (parte 2)
En nuestro segundo día decidimos no alejarnos mucho de nuestro hotel.
Tras un intento fallido de realizar una sesión de buceo en Blue Bay salimos en coche con el objetivo de encontrar un buen lugar para esnorquelear un poco. Sin embargo, la playa que elegimos no servía mucho para esta disciplina y terminamos tostándonos al sol sobre la arena blanca.
Después de esto fuimos hasta las cascadas Rochester, de unos 20 metros de altura y otros 30 de ancho.

Cascadas Rochester
Por la tarde tomamos un bote hacia Ile Des Deux Cocos, una isla privada sin nada en particular que ver o hacer. Durante el trayecto el bote realizaba una parada para hacer esnórquel en la reserva marina que, finalmente, terminó siendo mi actividad preferida del día.

Enorqueleando en ile Des Deux Cocos
Lo que también disfrutamos fue la conversación que tuvimos por la noche con Henry, su mujer y su hija, que acababa de llegar de Botswana, donde hacía una formación de piloto comercial.
Esa noche comprendí un poco más el carácter y la forma de ser de los mauricianos, que tienen que ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente al no gozar de un sistema social tan generoso como el francés o el español algo que, sin embargo, no les impide mantener un carácter alegre y una forma de ser cálida y amigable.
Día 4. Qué ver en Rodrigues (parte 1)
Tuvimos que levantarnos a las 6 de la mañana para tomar el vuelo que partía a la desconocida y enigmática isla de Rodrigues, aparentemente un pequeño paraíso que se resiste al paso del tiempo y al avance tecnológico.
Tras llenar el depósito del coche de gasolina y dejarlo en el parking del aeropuerto, embarcamos en un avión de pequeño tamaño impulsado por hélices. Tardamos una hora y media en recorrer los 600 kilómetros que nos separaban de nuestro destino.
Al aproximarnos a la isla pudimos admirar el arrecife de coral que la rodea, así como los abundantes islotes que la acompañan, como île aux cocos, de forma alargada y con una franja de arena blanca que bordea enteramente sus costas o île aux crabes, otro islote de color canela y bordeado de un halo turquesa que invita a hacer una buena una sesión de buceo o esnórquel.
Vistas de ile aux cocos, rodeada de aguas turquesas
A nuestra llegada, el día era caluroso y el sol brillaba con fuerza, a diferencia de Mauricio, donde habíamos tenido días un tanto grises.
El edificio principal del aeropuerto tenía una ostentosa fachada, con formas vistosas y bonitos adornos y pinturas que pretendían compensar su pequeño tamaño y la verdadera humildad de su interior, algo muy en consonancia con la isla en general.
Cuando salimos al exterior nadie nos estaba esperando a pesar de haber concertado el transporte con nuestro hostal; así que, tras ver que los turistas iban desfilando hacia la capital, Port Mathurin, a unos 15 kilómetros del aeropuerto, decidimos tomar un 4×4 por nuestra cuenta, que es el formato que suelen tener los taxis del lugar.
El trayecto hacia Port Mathurin dejó entrever las primeras pinceladas de la isla, que combina una orografía montañosa y escarpada en el centro con playas de aguas turquesas en la costa.
Port Mathurin era lo más parecido a una ciudad, pues era el único lugar de la isla con una densidad de población considerable. Allí abundaban tiendas y comercios, además de escuelas y restaurantes, y el nivel de ruido y de movimiento se asemejaba al de una urbe típicamente cosmopolita.
Sin embargo, Port Mathurin, que aún no llegaba a los 50.000 habitantes, era –más bien– una especie de pueblo en vías de desarrollo. Esta curiosa capital mostraba una extraña mezcla de lugares con encanto –tales como su paseo marítimo o algunas zonas antiguas con edificios relativamente bien conservados–, con zonas donde abundaba el hormigón gris y los edificios cuadrados y feos sin ningún tipo de gusto arquitectónico.
Al llegar al hostal, parecía que nadie estaba al corriente de nuestra reserva; pero aún y así, nos dieron una habitación, que no acabó de convencer a mi pareja por la tristeza que emanaba y por el hecho de encontrarse en medio del único lugar de la isla donde había demasiado cemento.
El día se nos echaba encima así que acudimos a la estación de autobuses y tomamos uno que se dirigía hasta Saint François, en la costa noroeste de la isla.
Una vez en Saint François nos dirigimos directamente hasta la playa por una carretera que parecía querer avanzar hacia el mar y sumergirse con los corales pero que, en el último momento, giraba hacia la derecha y bordeaba la costa no sin antes dar paso a un caminillo que nos llevaba hasta la orilla. Allí empezó nuestro trekking, que se prolongaba durante unas 3 horas a lo largo de las mejores playas de la isla, concentradas en apenas 6 o 7 kilómetros.

La carretera que lleva a Saint François, en Rodrigues
Las playas del lugar estaban prácticamente desiertas y apenas nos encontramos con un par de turistas. Lo que sí abundaban eran las cabras, que pastaban tranquilamente bajo la vigilancia de sus pastores, y algunos edificios y casas abandonadas a pocos metros del agua. La sensación era de solemne aislamiento y tranquilidad infinita.
Tras pasar la zona costera del Passe de St.François, una enorme brecha de coral que constituye un excelente punto de buceo, llegamos a la calita de Trou d`Argent, donde tomamos nuestro primer baño.
Calita llamada Trou d`Argent, una de las más bellas playas que ver en Mauricio (Rodrigues)
Sin apenas entretenernos seguimos nuestro periplo pasando por más diminutas y bellísimas calas, algunas tan idílicas que invitaban a quedarse un día entero, pero que debimos visitar de refilón al tener el tiempo justo para tomar el último autobús del día, en el pueblo de Gravier.
Alrededor de las 17 horas llegamos a Gravier, donde tuvimos la suerte de alcanzar el último autobús, que estaba a punto de salir.
El destartalado vehículo nos llevó de vuelta Port Mathurin, donde decidimos dar un último paseo por la franja costera que resultó ser fundamental, pues llegamos hasta el pueblo de Anse Aux anglais, más pequeño pero más tranquilo y relajado que Port Mathurin.
En Anse aux anglais los hostales y albergues abundaban, con lo que no dudamos en preguntar precio en algunos de ellos. Finalmente, encontramos una pequeña casita a pie de playa que nos enamoró. Sin dudarlo volvimos al hostal de Port Mathurin para informar que cambiaríamos de alojamiento a partir del día siguiente.
Día 5. Qué ver en Rodrigues (parte 2)
En nuestra segunda jornada en Rodrigues nos levantamos a las 8 de la mañana y salimos raudos a desayunar algo en una de las pastelerías de la ciudad.
Mientras mi pareja terminaba de comer, me apresuré a comprar unos bocadillos y algo de agua para pasar el resto del día sin pausas.
A las 9 de la mañana acudimos al puesto turístico en el cual una joven local nos había gestionado el alquiler de un coche. Casi se me desencaja la mandíbula cuando apareció un enorme e impecable 4×4, del que salió su propietario –Johnson– para decirnos que ése sería nuestro vehículo para el resto del día.
A diferencia de mí, mi chica estaba totalmente entusiasmada, así que partimos con aquella especie de tanque a recorrer la isla.

Nuestro particular tanque, con el que recorrimos gran parte de la isla de Rodrigues
Nuestro primer destino fue ascender a las montañas del centro, desde donde se avistaban los preciosos paisajes del sur, adornados de una infinita gama de azules que iban desde los más claros –situados cerca de la costa– hasta los más oscuros, que solían formar pasillos serpenteantes que se dirigían a mar abierto. Estos últimos constituyen pasos naturales de mayor profundidad por donde transcurren las embarcaciones o acuden los buceadores para admirar la vida marina.
El viento soplaba fuerte y, a lo lejos, se adivinaban las cometas de los kitesurfers que practican este famoso deporte, y que han convertido la isla en un lugar de culto para los amantes del mismo.

Paso en S en el arrecife de coral
De ahí nos dirigimos directamente hasta el sur en busca de alguna playa donde poder hacer esnórquel y disfrutar de los corales; aunque, por desgracia, el viento era demasiado fuerte y las corrientes eran demasiado intensas para explorar la costa a nado.
Por consiguiente, decidimos comer algo en un pequeño parque y visitar la Caverne Patate, una famosa cueva de unos 1000 metros de longitud y que, al parecer, esconde el famoso tesoro que escondieron en sus entrañas los piratas que solían frecuentarla.
El lugar está repleto de estalactitas y estalagmitas que, hoy día, ya no pueden tocarse; puesto que los turistas las arrancaban de cuajo, ignorando que cada centímetro tarda 100 años en crecer. Si uno tiene en cuenta que algunas de ellas tenían varios metros de longitud, puede deducirse la antigüedad del lugar en el que nos encontrábamos. Durante la visita, pudimos ver las curiosas formas que la naturaleza ha dado a la roca; y que iban desde el mapa de Francia hasta la cara de Churchill, pasando por varios pájaros de la raza dodó, algunos cocodrilos e incluso un camello.
Penetrando por el interior de la Caverne Patate
Tras la visita a la cueva, nos dirigimos al suroeste pasando por diminutos pueblecitos, y luego continuamos por la costa norte disfrutando del paisaje local, compuesto por el mar, las humildes casas de los lugareños y los manglares que adornaban ciertas zonas costeras, una especie vegetal muy amenazada que filtra las impurezas y protege el litoral de la subida de las mareas.
Finalmente, volvimos por la costa norte hasta Port Mathurin primero, y luego hasta Anse aux anglais, desde donde observamos la bella puesta de sol.
Terminamos el día en uno de los pocos restaurantes abiertos de Port Mathurin, donde parecía concentrarse un buen número de los turistas que había en la isla.
De ahí volvimos al hostal en coche aprovechando que Johnson, el propietario, nos dijo que iría a buscarlo allí mismo al día siguiente.
Día 6. Qué ver en Rodrigues (parte 3)
La mañana siguiente empezó con un desayuno casero en el propio hostal, que tenía preciosas vistas de la costa y estaba regentado por una familia local.
La madre se dedicaba a la cocina, el hijo, Rafael –un tipo pequeño de cabeza rapada y rasgos maorís–, hacía excursiones por la isla en su propio velero, mientras que su mujer vendía pinturas y otros objetos de arte.
La noche anterior habíamos acordado con Rafael realizar una actividad de esnórquel por diferentes spots del norte que él mismo había descubierto cuando era niño y exploraba la costa con su pequeño donut flotante.
Así pues, pasamos la mañana entera buceando entre corales y peces por diferentes puntos de la costa norte de Rodrigues.

De paseo por la costa norte de Rodrigues
Por la tarde realizamos un pequeño trekking desde Anse des Anglais hasta Cap Baladirou, donde encontramos una playa desierta que nos permitió tomar el último baño en la isla.
A la vuelta, disfrutamos especialmente del paisaje, compuesto por manglar y cangrejos rojos y azules de una sola pinza que se escondían al vernos, a veces tras batirse en duelo entre ellos para ocupar sus agujeros preferidos.
El día terminó con una magnífica puesta de sol en la playa que quedaba a los pies del hostal y con una última cena, esta vez en el propio albergue, que consistió en una sopa de cangrejo y un jugoso arroz.
Día 7. Qué ver en Mauruicio en el este de la isla
Después de nuestro último desayuno en la diminuta y acogedora isla de Rodrigues, tomamos un taxi de vuelta al aeropuerto y, al igual que hacía 3 días, tomamos el mismo pequeño avión propulsado por hélices para regresar a Mauricio.
Una vez en el lujoso aeropuerto local, volvimos a tomar un coche de alquilar, esta vez un pequeño Hyundai blanco, y salimos dispuestos a recorrer por carretera todo el norte de la isla de costa a costa.
Me invadió una sensación de relajación y libertad a medida que íbamos dejando atrás kilómetros de asfalto y observábamos bellos paisajes de verde vegetación, a nuestra izquierda, y magníficas playas paradisíacas, a nuestra derecha.
Un par de horas más tarde llegamos a Trou d`Eau douce, una población costera desde donde se accede a la famosa île aux Cerfs, un famoso recodo muy apreciado por su bella playa y sus aguas cristalinas.
Al llegar a la entrada del pueblo, la carretera estaba cortada por representantes de una empresa de turismo que paraban a los vehículos para ofrecer su servicio de transporte marítimo hacia la isla por precios que oscilaban entre 1300 y 1600 rupias (entre 30 y 40 euros).
Lógicamente, al preguntar por otras alternativas respondían que ellos eran los únicos que organizaban el viaje. Por suerte, mi desconfianza –adquirida con el paso del tiempo y algunas lecturas que hablaban de otras opciones– hizo que diera media vuelta y me dirigiera hasta un resort privado que habíamos pasado unos kilómetros atrás.
Penetramos hasta las entrañas del lujoso complejo hasta encontrarnos con una valla, donde un agente de seguridad nos preguntó hacía dónde íbamos. Al decirle que queríamos ir a île aux Cerfs abrió la valla y nos dejó aparcar en el parking de clientes. A escasos metros de allí se encontraba el puerto privado del resort; donde, por apenas 375 rupias (10 euros), sus botes particulares realizaban el traslado al preciado enclave.
Llegamos al lugar en apenas media hora y, tras desembarcar, nos encontramos con dos playas de arena blanca encaradas una frente a la otra. Entre las dos orillas fluía el agua turquesa proveniente del mar, situado al este. En la parte oeste se encontraba la laguna natural de donde provenía nuestra embarcación. En realidad nos encontrábamos en el punto de unión entre dos islas, cuyas costas parecían haber colisionado, formando un gran salpicón de arena bañado por la transparente agua de las playas del Índico.
Las dos playas de île aux Cerfs
En el lugar había muchos puestos de comida y empresas de turismo acuático, además de un sinfín de turistas tostándose al sol o bañándose en el río natural que fluía entre las dos bandas de arena.
Tal vez estuvimos allí un par de horas, el tiempo que tardó el lugar en cerrar, con lo que volvimos a tomar nuestro bote y nos dirigimos al coche.
Desde Trou d`eau douce seguimos nuestro road trip por la costa este de la isla, repleta de playas de arena blanca, otras zonas más rocosas e innumerables resorts de superlujo, muchos de los cuales se agenciaban zonas de playa que se convertían en cotos exclusivos de sus opulentos clientes.
Ya de noche llegamos a Grand Baie, la ciudad costera más importante del norte de la Isla y nos dirigimos a nuestro alojamiento.
El lugar era una especie de bloque de pisos a los que se accedía mediante un sistema de escaleras que partían del patio central, que todos ellos compartían.
Nos alojamos en un apartamento completo, con su cocina equipada, baño y habitaciones propias; aunque algo frío y falto de vida. Eché de menos una mesa donde poner mi ordenador y escribir un poco pero, por suerte, encontré una tabla de planchar que cumplió bastante bien con el mismo propósito.
Esta tabla de planchar se convirtió en mi escritorio
Día 8. Qué ver en Mauricio en el oeste de la isla
Salimos del hotel pronto y dispuestos a explorar la costa oeste de la isla hasta llegar al pueblo de Flic en Flac, donde intentaríamos realizar una sesión de buceo en sus reputadas costas.
Nos apresuramos en llegar pronto a dicha población, aunque nos retrasamos bastante después de pasar por la fea ciudad de Port Luis, excesivamente industrializada, gris y caótica para nuestro gusto.
Las direcciones, mal indicadas por los carteles, y el confuso enmarañado de calles y carreteras hicieron que nos perdiéramos durante un buen rato.
Luego, a la llegada a nuestro destino, pasadas las 10 de la mañana, resultó que el buceo era impracticable debido a las fuertes olas y corrientes que había aquel día. Así pues, decidimos dar un paseo por una de las playas de Flic en Flac que, a partir de un cierto punto, pertenecen a los grandes complejos turísticos del lugar.
Playa de Flic en Flac
Por desgracia, a los pocos minutos empezó a llover, lo que dio al traste con nuestros planes iniciales de sol y playa, así que reseteamos el plan del día y decidimos adentrarnos un poco hacia el interior de la isla pasando por la ciudad de Moka, donde pudimos visitar Eureka, una famosa casa colonial perfectamente conservada con su suelo de madera, sus muebles antiguos y sus mesas perfectamente decoradas con cuberterías de dos siglos atrás.
Lo más interesante del lugar fue una bañera antigua con una rudimentaria ducha que requería tirar de una palanca para iniciar el descenso del agua, así como una réplica de tamaño real del dodó, un ave extinguida de la que hablaré más adelante.

Una réplica de tamaño real del famosísimo dodó
De ahí nos dirigimos de nuevo a la costa y, viendo que el día había mejorado, terminamos la jornada en la playa de Pereybere, donde realizamos una sesión de baño y esnórquel en la que tuvimos el placer de encontrarnos con un amable pulpo y una hambrienta tortuga, que se dedicaba a comer algas tranquilamente cerca de la orilla.
Por la noche fuimos al modesto pero excelente restaurante que quedaba en la esquina de nuestro hostal, donde degustamos un rico gratinado de marisco y un plato de pescado fresco acompañado de un zumo natural de frutas.
Día 9. Qué ver en Mauricio en el norte de la isla
Nuestro último día lo dedicamos a relajarnos haciendo una actividad típicamente mauriciana, es decir, una salida acuática de turismo de masas, en gran grupo, cual rebaño de corderos; pero que, aparentemente, era algo que no debíamos perdernos.
Se trataba de visitar la famosa isla Gabriel, un pequeño islote de arena blanca situado a unos 15 kilómetros al norte de Mauricio.
Tras desayunar en un bar del puerto de Grand Baie, embarcamos en unos grandes catamaranes que yacían allí atracados. Tal vez había 5 o 6 catamaranes de 30 plazas cada uno que, en un periquete, se llenaron de turistas de todas las razas, colores y naciones.
En nuestro grupo, destacaba por encima del resto una gran familia local, como no, de origen indio, que estaba celebrando el vigésimo séptimo cumpleaños de unos de los hijos.
Tras una hora y media de navegación llegamos cerca del islote y atracamos a unos doscientos metros de la costa. Mi pareja y yo accedimos hasta la orilla nadando equipados con nuestro esnórquel y pasamos un par de horas en la isla, explorando los pocos corales que había y disfrutando de la brillante arena blanca de sus playas.

La fina arena blanca de la isla Gabriel
Pasado este tiempo, fuimos llamados a reembarcar al catamarán, donde degustamos un buffet libre sin limites de ingesta sólida ni líquida. El ágape concluyó con una sesión de guitarra y cántico en vivo de temas archiconocidas a cargo de uno de los pinches de la tripulación. Más turístico imposible.
En el camino de vuelta al puerto, se sirvió una tarta para celebrar el aniversario del joven mauriciano, cuya familia acabó dando el mejor espectáculo del día: el padre se emborrachó, la hija menor se puso a llorar al ver el estado del padre, y el hijo fue ofrecido a mi pareja para que se casara con él.
La tarde la pasamos en la playa de Grand Baie, donde tomamos un último baño mientras esperábamos la puesta del sol que, poco a poco, desapareció tras las figuras de un pequeño templo exterior cercano a la orilla, entre las que destacaba una criatura azul con 5 brazos que sostenía una cabeza humana con una de sus manos.

Terminamos el día cenando en un restaurante Tailandés, donde nos sirvieron un rico pad thai.
Día 10. Despedida
Probablemente habría mucho más que ver en Mauricio si hubiésemos tenido más tiempo.
No obstante, en el último día sólo tuvimos tiempo para despedirnos de Grand Baie tomando un gran gofre con banana y Nutella en un garito situado a pie de playa.
Desde ahí, nos dirigimos hacia el aeropuerto internacional de Mauricio, donde tomamos rumbo hacia casa, que en aquel momento se ubicaba en la isla de la Reunión.
2. Consejos y curiosidades sobre Mauricio (y Rodrigues)
2.1. Algunos datos demográficos de Mauricio
Mauricio tiene una población de 1.300.000 habitantes y, teniendo en cuenta que su superficie es de 2.050 kilómetros cuadrados, la densidad poblacional resultante es superior a los 634 habitantes por kiómetro cuadrado, es decir, la mayor de todo el continente africano.
Comentar también que la orografía de Mauricio es mayoritariamente plana, y que los principales núcleos de población están concentrados en las zonas costeras.
En Mauricio, leí que la tasa de paro estaba situada alrededor de un 8%, que sólo el 10% de la población vivía bajo el límite de la pobreza, y que la tasa de escolarización era del 85%. Esos datos me resultaron sorprendentes, ya que son propios de un país desarrollado aunque, a todas luces, no consideraría Mauricio como tal.
Por último, decir que el 70% de la población local es originaria de la India y, realmente, cuando caminábamos por la isla tuvimos la impresión de encontrarnos en ese gran país asiático, donde abundan pequeños comercios, calles repletas de gente y una mayoría de personas de piel oscura, terceros ojos pintados en las frentes y ropas holgadas y de colores vivos.
2.2. Algo de historia
Para entender la demografía, la historia es una herramienta clave. En ese sentido, decir que por Mauricio pasaron primeramente los portugueses, a principios del siglo XVI, aunque nunca mostraron interés por instalarse en la isla.
Más adelante, a finales de ese mismo siglo, fueron los holandeses quienes desembarcaron y trajeron consigo los primeros esclavos africanos, el tabaco y la caña de azúcar, así como varias especies animales externas. También fueron los holandeses los responsables de la extinción del dodó, un ave endémica que medía alrededor de 1 metro de altura y pesaba unos 10 kilos.
El dodó era un animal amigable e ingenuo (dodó significa tonto o estúpido), ya que no tenía ningún depredador natural, por lo que no dudaba en acercarse al hombre. Además, no podía volar. Así pues, la acción humana, que lo cazaba sin control, junto a la competencia que empezaron a ejercer otros animales importados como perros, ratas, monos o cerdos, lo llevaron a su total extinción en menos de 30 años.
Poco tiempo tras la partida de los holandeses, fueron los franceses quienes reclamaron la isla para Francia, que pasó a llamarse île de France. Sin embargo, a principios del siglo XIX, los ingleses, durante las guerras napoleónicas, derrotaron a los franceses y tomaron la isla para Inglaterra, que paso a llamarse Mauritius.
Los ingleses permitieron a los francomauricianos conservar su idioma y costumbres, así como las plantaciones de caña de azúcar que sustentaban la economía.
Pocos años después la esclavitud fue abolida y, para compensar la mano obra que quedó vacante, prometieron puestos de trabajo y una vida mejor a los habitantes de la India, colonia inglesa de la época. La respuesta fue la llegada en masa de 500.000 indios dispuestos a labrarse un futuro mejor; aunque, finalmente, terminaron realizando trabajos bajo condiciones inhumanas y percibiendo sueldos mínimos.
Mauricio se independizó de Inglaterra en 1968.
2.3. Idiomas
A juzgar por la historia, es fácil imaginarse que el francés y el inglés son los idiomas oficiales de Mauricio.
De hecho, nos percatamos de que la gente tenía un nivel de francés más alto que el de inglés y de que, cuando podía elegir entre ambos idiomas, siempre se decantaba por el primero.
Además de estas dos lenguas, también se habla un criollo local basado en el francés y en algún dialecto del hindi, algo lógico a causa de la gran cantidad de población originaria de la India.
Aún recuerdo cómo nos divertíamos mi pareja yo en el coche de alquiler escuchando emisoras de radio locales en las que emitían música techno-hindú y donde la presentadora hablaba una mezcla de inglés, francés e hindi.
2.4. El carácter de la gente de Mauricio
La gente de Mauricio suele ser amable, acogedora y de talante tranquilo y relajado.
Los responsables del rent-a-car, por ejemplo, no nos hicieron firmar ningún papel cuando nos dejaron el coche, y recuerdo que Henry, el responsable del primer alojamiento en el que nos alojamos, así como del primer restaurante en el que comimos, parecía no tener prisa por hacernos pagar. Encima, mostraba una fuerte tendencia a olvidar los servicios que debía cobrarnos, o la comida que habíamos consumido.
La gente acostumbraba a sonreír cuando se establecía contacto visual, algo que experimenté con personas con las que nos cruzábamos por la playa, por la calle o incluso con la policía. Esa actitud me recordó lo bueno que es aprender a sonreír, ser agradable y saludar a la gente con la que uno se topa, pues genera una espiral de cordialidad, respeto y “buen rollo” que se va transmitiendo de unos a otros, reforzándose con cada interacción. De lo contrario, esa maravillosa tendencia se revierte hasta el punto de convertir los lugares en solares de frialdad –carentes de chispa, alegría y humanidad– donde las personas deambulan sumergidas en su mundo, mostrando caras amargadas y transmitiendo emociones negativas altamente contagiosas, tal y como ocurre en grandes ciudades como Barcelona o París.
A pesar de todo, nuestra condición de turistas hacía que solo viéramos la superficie de las cosas, y que nos quedáramos con una falsa fachada que no es más que la punta del iceberg.
La amabilidad de la gente, las sonrisas curiosas y los saludos habituales esconden muchas de las miserias de la cultura india dominante, donde aún prevalece un sistema de castas, asignadas desde el nacimiento, que impiden que un ciudadano ascienda de un estrato socioeconómico a otro por mucho que tenga potencial real para lograrlo.
A ello se le suman ciertas costumbres y tradiciones familiares cerradas que hay que acatar por decreto; ya que, de lo contrario, son motivo de represión y conflicto, especialmente en el seno de la mujer y de las castas más bajas. Aún recuerdo, por ejemplo, la historia de una joven mauriciana que nos contó cómo su familia la dejó de lado y fue despechada por quererse separar de un marido maltratador.
Cuando fuimos a Rodrigues nos topamos con personas de carácter algo diferente.
Siempre me habían hablado maravillas de la tranquilidad, la amabilidad y la hospitalidad de los rodrigueses. Y, sin lugar a dudas, percibimos ese carácter tranquilo y pausado; aunque, en vez de un espíritu hospitalario y amable, sentimos más bien cierto recelo hacia el turista. Era como una sensación a caballo entre la indiferencia y la aversión, como si fuéramos forasteros que habíamos venido a perturbar su tranquilidad y de los que no se podía esperar nada bueno.
Después de interaccionar con varios lugareños llegamos a la conclusión de que el rodrigués alberga sentimientos de abandono y desprecio por parte de su hermano mayor mauriciano. Bajo su piel bulle un complejo de ciudadano lejano que ha sido descuidado por un estado negligente a la hora impulsar la economía y el bienestar local. Posiblemente por ese motivo empezaban a surgir facciones independentistas, así como esa leve aversión hacia los turistas.
2.5. Cómo moverse por Mauricio
En Mauricio existen transportes públicos, aunque la mejor forma de viajar es, sin duda, mediante un coche de alquiler.
A pesar de que la conducción es por la izquierda (volante a la derecha), lo cual requiere un pequeña adaptación inicial, la conducción no es tan peligrosa como nos la pueden llegar a vender.
Es cierto que gente conduce de forma ligeramente agresiva y se muestra bastante egoísta a la hora de ceder el paso o dejar pasar a los peatones, lo contrario que en la isla vecina (La Reunión), donde suele haber bastante camaradería entre los conductores.
De todas formas, en unas pocas horas uno se acostumbra a su forma de circular, que no supone ningún desafío ni ningún riesgo fuera de los límites de lo razonable.
Los paneles de las carreteras están bastante mal indicados y es fácil perderse. Incluso en las zonas turísticas uno se desorienta entre las innumerables pistas privadas de los resorts de lujo.
Personalmente, tuvimos 2 experiencias muy distintas con los 2 rent-a-car que utilizamos. Aunque ambas fueron satisfactorias.
El primero fue Monet, cuyos representantes –un par de entrañables ancianitos de buenos modales y remarcable simpatía que hablaban un perfecto francés– nos recibieron efusivamente en el aeropuerto.
Con ellos no tuvimos que dar ningún tipo depósito, no firmamos ningún papel para constatar el estado del vehículo y simplemente nos instaron a dejar el nivel de gasolina más o menos tal y como lo habíamos encontrado. Pagamos en efectivo y tomamos nuestro minúsculo Hyunday rojo, prácticamente nuevo y sin apenas kilómetros.
El segundo rent-a-car nos recibió a través de otros dos representes. Esta vez, dos jóvenes de aspecto indio.
A diferencia de la primera compañía, en aquella ocasión nos hicieron firmar un exhaustivo documento que describía el estado del coche, y tuvimos que dar los datos de la tarjeta de crédito para bloquear un depósito de 300 Euros. Hechos lo papeleos, nos entregaron un pequeño Hyunday blanco, también en perfectas condiciones.
2.5. La economía en Mauricio
El pilar principal de la economía son las actividades agrícolas tales como el cultivo de la caña de azúcar o el té, aunque últimamente se están haciendo fuertes inversiones en tecnología y servicios financieros para que ésta sea más sostenible.
Seguidamente, el turismo es otro de sus pilares económicos, pero nos llamó la atención descubrir que la mitad de sus visitantes procedían de la Reunión.
De todas formas, cada vez se hacen mayores esfuerzos para captar turistas de todas las partes del mundo, especialmente aquéllos con los presupuestos más caudalosos.
2.6. Los precios
La rupia de mauricio es la moneda local.
Los precios en Mauricio se asemejan mucho a los de la zona Euro. Por lo que vi, el turista que va a Mauricio paga el alojamiento, la comida, los souvenirs y cualquier otro gasto a un precio equivalente al 80-90% de lo que paga en un país europeo medio.
En Rodrigues los precios eran ligeramente más baratos.
2.7. El clima. Cuándo es mejor ir a Mauricio
El clima de Mauricio es tropical pero tiene una estación fría y seca (mayo a octubre) y otra caliente y lluviosa (noviembre a abril)
La peor época para ir es la lluviosa, precisamente aquella en la que nosotros fuimos (entre enero y febrero), pues es la más calurosa, los cielos suelen estar grises y llueve mucho.
A pesar de ello, incluso en esas fechas se puede viajar sin demasiados problemas, tan sólo se debe tener algo de capacidad de adaptación y flexibilidad en las actividades a realizar.
2.8. La comida en Mauricio
La comida en Mauricio es excelente y se pueden degustar todo tipo de especialidades locales, que tienen fuertes influencias asiáticas e indias.
Así pues, se suele mezclar comida criolla a base de arroz, grano, carnes, pescados y mucha pimienta con especialidades indias como el pan de chapati, los guisos con curry, los aderezos con cúrcuma o los lassis a base de yogur.
Incluso la gastronomía inglesa tiene su propio espacio, y en muchos hoteles puede disfrutarse de desayunos a base de tostadas, bacon, huevos revueltos y té, aunque suele venir todo acompañado con frutas tropicales frescas.
Por último, la gran cantidad de turistas hace que sea muy fácil encontrar todo tipo de especialidades europeas o americanas, con lo que una pizza, un helado o un plato de pasta están a la orden del día.
Eso sí, hay que armarse siempre de paciencia, pues en casi todos los restaurante suelen tardar una eternidad en servir.
2.9. La música y la danza
Para concluir, quisiera hablar sobre el segá, la típica música del país que fue creada en la época de los esclavos como vía de escape para hacer más llevadera tal condición.
Este estilo musical tiene como base la percusión con tambores de piel de cabra, introduciendo ritmos que van aumentando de frecuencia de forma paulatina. Adicionalmente, se le añaden diferentes instrumentos y estilos musicales que provienen desde África hasta el Caribe y otras regiones latinas.
La danza que suele acompañar el segá suele practicarse de forma improvisada en las playas y, por tanto, los pies nunca se despegan del suelo, con lo que el resto del cuerpo debe compensar mediante contorsiones y gestos que pueden resultar sumamente eróticos.
Durante nuestro viaje tuvimos la ocasión ver algunos de estos espectáculos, que acababan congregando una notable cantidad de espectadores y participantes.
#####
Y hasta aquí, todo lo que quería compartir contigo sobre nuestro viaje.
Espero que, tras esta lectura tengas ya más claro qué ver en Mauricio y Rodrigues para tu próxima escapada.
O, por lo menos, espero haberte ayudado a saciar tu curiosidad y a aprender más sobre un nuevo y exótico lugar de gente amable, playas paradisíacas y una cultura vibrante.
No dudes en dejar aquí abajo tus comentarios, tu opinión y, si has viajado a Mauricio, todas las cosas que hubieras añadido tú.
Siempre es un placer leeros.
¡Hasta la próxima!
Deja una respuesta